Friday, October 27, 2006

NEVER ANY GOOD... Si, un texo inspirado por el Maestro... (primeros capitulos)

NEVER ANY GOOD
... You’re going to feel much better
When you cut me loose forever
I was never any good
Never any good
I was never any good at loving you.
Leonard Cohen
I



“Otra vez ese pinche barecito de pendejos” pensó Julio al salir del baño, y escupió resignado las palabras. “Pero va a valer la pena” recapacitó enseguida, mientras caminaba al cuarto resbalando y aferrado a la toalla con sus manos para que no se le cayera. The future sonaba a todo volumen y eso lo confortaba por el momento “... Give me crack and anal sex, take the only tree that’s left and stuff it up the hole in your culture…” Julia hacía la mímica con un cepillo en la mano, burlándose, mientras se examinaba el maquillaje en un espejito, al tiempo que Leonard ensayaba sus profecías “Give me back the Berlin wall, give me Stalin and Saint Paul... I’ve seen the future brother, it is murder…” No entendía una sola palabra, la voz del cantante le parecía horrible y la música de lo más aburrida y monótona, así que simplemente presionó open/close, el estéreo chilló electrónicamente y la áspera voz desapareció del ambiente. El joven miró horrorizado desde el cuarto mientras se secaba el pelo cómo a continuación ella sacaba inmisericorde un disco de una caja de portada rosa y lo metía divertida en el estéreo. El Chombo tomó entonces las bocinas por asalto y el Gato volador inundó el departamento con su letra estúpida y repetitiva... “Hago como perro, hago como vaca muuu!!!... pero ustedes lo que quieren es... EL GATO VOLADOOOR...”


–¡Ahora me toca a mí chiquirris!... ¡no te enojes! –gritó complacida la chica por sobre el estribillo.
–¡Nomás mientras te cambias, ¿sí...?!- Julio pasó saliva, se puso el pantalón y cerró la puerta del cuarto. Era sábado, la promesa que ella había hecho de quedarse a dormir esa noche detuvo cualquier comentario que pudiera poner en peligro lo acordado. Sólo esperaba que los vecinos no escucharan aquella violación a su espacio auditivo.



II



En el fondo, Julio ya no estaba seguro de querer soportar esa tortura, por más que valiera la pena. Seguirla siempre a todas partes, aguantar las charlas superficiales sobre colorimetría y uñas de gel y encima tener que soportar esa música era demasiado. Le gustaba el sexo, le encantaba con ella, sí; pero, a qué precio. El círculo de amigos de su novia le caía como patada en el culo y la música que escuchaban era lo más insoportable. Britney, Christina, Jennifer y Thalía sonaban intercaladas con cumbia y salsa en el lugarsucho al que asistían cada Sábado. Julia y sus compañeros de la facultad bailaban y gritaban, se contoneaban chabacanamente mientras él tenía que sentarse en un incómodo banco, aceptar una Sol tibia y gritar para pedirla. Luego, su novia se meneaba impúdica, impulsiva en cualquier rincón y no faltaba el cabrón que se agasajara aprovechando el baile. A Julio le reventaban los huevos de coraje y era común que terminara las madrugadas empujándola a su casa gritando y maldiciendo el lugar, a los estúpidos que concurrían y la música que escuchaban. En especial la música. “...Me cago en estos pinches lugares y me cago en su música... buitres hijos de su puta madre!!!...” remataba siempre al final la letanía. Julia cerraba entonces la puerta del cancelito al principio del pasillo y decía incomoda “bueno, ya me voy para que no se te pegue lo naco...” Luego caminaba unos pasitos hasta que Julio le pedía que regresara. Triste se daba la vuelta y se acercaba con la cabeza encogida, como niña regañada. Julio pasaba los brazos por entre los barrotes, la tomaba de la cintura y la acercaba a él, mediando la herrería negra de un metro y medio de alto. “Sorry... ¿Me das un beso chiquita...?” Murmuraba dulce, poniendo las palabras en los oídos de ella, que se echaba hacia atrás hasta que la pregunta se triplicaba. Entonces ya se acercaba y le daba un imperceptible besito, lento, rozándole apenas los labios. Esto encendía a Julio, que se aferraba, bajando las manos y sobándole furiosamente el trasero. Así se besaban ruidosamente un par de minutos, luego Julia pasaba sus brazos también por el enrejado, bajaba el cierre a los jeans y metía la mano dentro, apretando. Julio respondía pasando las manos bajo la falda, tirando impetuoso de la pequeña prenda, abriéndose paso hasta encontrar el vértice de las piernas y frotarlo. Pasaban, en consecuencia, largo rato jadeando, enajenados y frenéticos, sin que les preocupara nada. Pasado el acceso se miraban, se besaban tiernamente y prometían hablarse al día siguiente. Julio caminaba entonces veintitrés minutos exactos para llegar a su departamento, feliz.



III




Pero no era solamente el sexo, eran también los celos lo que lo hacían estar siempre donde ella estaba, ir donde ella iba. Julia era bellísima: blanca, mediana, pelo oscuro revuelto, cara redonda, ojos negros grandes y sutilmente alargados. Y su cuerpo era perfecto: sus nalgas pequeñas y redondas se perfilaban arquitectónicas bajo un apretado pantalón de tela café; sus pechos medianos, de pezones negros, francamente soberbios, se revelaban lívidos, como imantados a la blusa blanca que llevaba esa noche, pues nunca usaba brassiere cuando salía “de antro”.


Llevaban tres meses juntos. Se habían conocido en la universidad una tarde que él se había quedado un rato más en la sala de computadoras de la biblioteca y ella luchaba en la máquina contigua para entrar a Internet. Julio le mostró primero cómo se hacía esa “brujería” y terminó realizando la última tarea del primer semestre de la estudiante. Derecho, dijo ella. Él, estudiaba Historia por las mañanas. Sexto semestre. Esa noche, sin más, la acompañó a su casa.


Desde la primera vez que salieron, dos días después de su encuentro, se habían acoplado perfectamente. Al final de esa primera cita, en el oscuro y discreto pasillo que conducía a la puerta de la casa de Julia, aventurándose, Julio le había pellizcado salvaje el trasero, y ella había contestado apretándole el miembro hasta el dolor, para luego correr juguetona y desaparecer tras la puerta. Así las cosas, al siguiente día Julio la llevó a su departamento y lo hicieron por primera vez, mordiéndose y chupándose hasta el hartazgo.



IV



Ella era el arquetipo de la tapatía perfecta: bella, exquisita y caliente. Hasta se llamaba igual que él. Y no estaba dispuesto a compartirla. Por eso la seguía a donde fuera y la alejaba de cualquier galán que se aplicaba. Sólo había un detalle: tenían gustos bastante diferentes, en música especialmente, pues Julio tenía una apreciación particular de ésta. Leonard Cohen era su ídolo. David Bowie, Elvis Costello, Peter Murphy, Iggy Pop, Thelonius Monk, Frank Zappa, entre otras celebridades aún más underground y oscuras, abarrotaban el estante de los discos en su salita. Por su parte, Julia era fanática de Intocable. Le encantaba la música norteña y toda la música bailable. La colección entera de Antro-mix se experimentaba por las mañanas en su domicilio. Y los fines de semana eran de bailar en videobares y discos del Centro con los compañeros de su salón. “Al menos no le gusta la banda” se consolaba él de vez en cuando. Julio prefería los bares tranquilos donde tomar cerveza y escuchar música. Le agradaba sobre todo el bar en altos del cruce de la calle Juan Manuel y avenida Alcalde, la XX Ámbar y los cacahuates con cáscara. Le castraban los lugares donde tenía que levantar la voz para ser escuchado y los evitaba a toda costa. Aborrecía la botana de churritos y la cerveza Sol y gozaba los viernes de reunión en su departamento con otros estudiantes del campus. Filosofía, Letras y Geografía, especialmente. Se drogaban y bebían. Teorizaban y discernían.


Así las cosas, al principio el contacto había sido sólo físico, nada profundo, mucho menos espiritual. Pero era imposible que las cosas permanecieran así por siempre. Poco a poco, como suceden siempre estas cosas, Julio había intentado introducirla en su mundo artístico e intelectual y Julia a su vez lo persuadió un par de veces para entrar en algún restaurante-bar y bailar algún tema de Celia Cruz o El General. Nada servía. Si escuchaban a Robert Plant en la salita del departamento de Julio, Kashmir sonaba algún minuto y medio hasta que él apagaba el estereo, a petición de la chica, y apresurado regresaba al sillón, donde ella jadeaba medio desnuda ya y completamente despeinada. Si, por otro lado, se ponían a bailar cumbia en la casa de ella, los ceñidos pasos ayudaban sólo a calentar el momento y él apagaba el artefacto para luego derribarla en el sofá y cachondear. En algún saloncito intentaron también lo del baile, pero a los primeros pisotones se dieron por vencidos y regresaron a la barra; ella, frustrada por el fracaso; él, aliviado de que ningún conocido frecuentara el lugar.

Así alcanzaban esa noche después de doce largas semanas de música y sexo. Él, taladrando en su ambiente subterráneo y erudito, ella, asaltando ‘Discotecas Aguilar’. El único punto en el que coincidían era el sexual. Les gustaba lo mismo y por eso estaban contentos de haberse conocido.




V



Por esto, Julio dejó de asistir a los cafés y a las cantinas a beber con sus amigos, pues Julia se negaba siempre a acompañarlo y él no quería dejarla sola ni un momento. En consecuencia, se moría de aburrimiento y hastío los fines de semana, cuando iban a “bailar”, sin contar los ataques de rabia que sufría casi siempre.


Ambos ignoraban el efecto que esa mezcla habría de surtir en la relación. Ya habían empezado mal las cosas esa tarde cuando Julia se atrevió a quitar al maestro Cohen e introducir a los fanfarrones esos, que no sabían ni hablar, en sus dominios. Con todo, Julio soportó estoico. La promesa de pasar por primera vez juntos una noche completa le mantenía en pie, le motivaba a seguir pasara lo que pasara. Ya había incluso hecho algunos arreglos. Tenía en la alacena dos botellas de vino tinto, bastante caras; había cambiado las sábanas de la cama y comprado una pastilla de olor para el baño, incluso había barrido y trapeado el lugarcito por primera vez en ese mes. Sólo debía soportar una noche más.


“Una cumbiada más...” se decía en silencio mientras terminaba de amarrarse el pelo en una colita y se miraba triunfal en el espejo “...y ya chingaste... toda la noche”. Inesperadamente, ahora Yuri increpaba con voz melodramática en la sala“...Para enamorarme más aun ahora... pasa ligera, la maldita primavera, pasa ligera y me hace daño solo a miiiii...”. Julia trepó el sonido al máximo, treinta y dos.
-Qué cabrones es eso Julia?... no manches –salió Julio del baño apuntando al estereo –bájale morra, de menos que no te escuchen en Tijuana.
–Ay, cálmate agüelito y éntrale a la onda –contestó despreocupada – La Yuri canta chido.
-No me chingues... ¿esa pinche jedionda?. Eso no es música. Elis Regina si sabía cantar y no andaba de mamona cristiana. Esas se dan una cuarta más abajo del ombligo –puntualizó decidido y bajó al número siete el volumen.
–No seas culey chiquirris, no le bajes –apeló su chica avanzando hacia él, abrazándolo sugestiva, muy pegadita –y nos quedamos un ratito, ¿eh?.
Julio tuvo que hacer suma de todas sus fuerzas para no ceder, tenía ya una erección y le encantaba cómo se le repegaba la chica, oscilando, frotándose despacito, turbándolo, mirándolo suplicante hacia arriba; pero no iba a soportar los berridos de la guarra esa.
–No chiquita, además ya tenemos que irnos, te van a estar esperando, y tenemos que regresar temprano... ¿sí te acuerdas, verdad?
–Ay!... que prisas!. Sí, sí me acuerdo, pero no estoy todo el día pensando en eso. Tú nomás quieres estar en eso.
–¿Y tú no? -encaró valiente Julio.
–Pus sí... pero primero hay que ir a bailar. Vámonos pues... –concluyó a continuación, un tanto desconsolada y seria –...apaga el estéreo.

Julio se separó suavemente, apagó la luz y presionó POWER para regresar enseguida con ella. Yuri calló su dolor y una lucecita roja parpadeó en la esquina superior izquierda del aparato. Bajo la penumbra y el silencio pasaron aun un par de minutos toqueteándose antes de lanzarse definitivamente a la noche que la ciudad ofrecía frívola y descarada. Dentro, un obsceno STAND BY esperaba ahora el último son.


MIGUEL ANGEL LEOS AGUILAR

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