Tuesday, October 31, 2006

Altar de los Corazones Muertos... Noche de Muertos Corazones...

-Balada de No Sé Cuántos Corazones-

...siento mas corazones que arenas en mi pecho...
-Miguel Hernandez-

I


A la playa giro el cuello
y este dolor de degüello
me sigue con su azadón


ni playa ni paz ni nada
una sola y fría daga
al centro del corazón


siento que muere en el fondo
y es cadáver frío y redondo
el redondo corazón


músculo en dos hecho uno
que de tardes estridentes
lleva marcados los dientes
de la boca del amor


y entre las mareas mas altas
ya navega en vela alta
la otredad del corazón


entre hielos y licores
deja caer sus amores
y levanta su dolor


II


una pura muerte soy
y no hay nada que me aliente
que el corazón me reviente
sin tu entero corazón


me nacen de este dolor
solo flores de la muerte
solo flores de la muerte
le crecen al corazón

le brotan al corazón
-de lado a lado amarrado-
olas de desesperado
y arrecifes de dolor


en este dolor me encuentro
y estoy tan bien refugiado
para huir de tu costado
y acariciar mi dolor


que abriendo aun lado a lado
con una estrella filosa
en esta playa arenosa
las carnes de mi temor


no encontrarían otra cosa
en mi arena dolorosa
que el cadáver de tu amor

Friday, October 27, 2006

NEVER ANY GOOD... Si, un texo inspirado por el Maestro... (primeros capitulos)

NEVER ANY GOOD
... You’re going to feel much better
When you cut me loose forever
I was never any good
Never any good
I was never any good at loving you.
Leonard Cohen
I



“Otra vez ese pinche barecito de pendejos” pensó Julio al salir del baño, y escupió resignado las palabras. “Pero va a valer la pena” recapacitó enseguida, mientras caminaba al cuarto resbalando y aferrado a la toalla con sus manos para que no se le cayera. The future sonaba a todo volumen y eso lo confortaba por el momento “... Give me crack and anal sex, take the only tree that’s left and stuff it up the hole in your culture…” Julia hacía la mímica con un cepillo en la mano, burlándose, mientras se examinaba el maquillaje en un espejito, al tiempo que Leonard ensayaba sus profecías “Give me back the Berlin wall, give me Stalin and Saint Paul... I’ve seen the future brother, it is murder…” No entendía una sola palabra, la voz del cantante le parecía horrible y la música de lo más aburrida y monótona, así que simplemente presionó open/close, el estéreo chilló electrónicamente y la áspera voz desapareció del ambiente. El joven miró horrorizado desde el cuarto mientras se secaba el pelo cómo a continuación ella sacaba inmisericorde un disco de una caja de portada rosa y lo metía divertida en el estéreo. El Chombo tomó entonces las bocinas por asalto y el Gato volador inundó el departamento con su letra estúpida y repetitiva... “Hago como perro, hago como vaca muuu!!!... pero ustedes lo que quieren es... EL GATO VOLADOOOR...”


–¡Ahora me toca a mí chiquirris!... ¡no te enojes! –gritó complacida la chica por sobre el estribillo.
–¡Nomás mientras te cambias, ¿sí...?!- Julio pasó saliva, se puso el pantalón y cerró la puerta del cuarto. Era sábado, la promesa que ella había hecho de quedarse a dormir esa noche detuvo cualquier comentario que pudiera poner en peligro lo acordado. Sólo esperaba que los vecinos no escucharan aquella violación a su espacio auditivo.



II



En el fondo, Julio ya no estaba seguro de querer soportar esa tortura, por más que valiera la pena. Seguirla siempre a todas partes, aguantar las charlas superficiales sobre colorimetría y uñas de gel y encima tener que soportar esa música era demasiado. Le gustaba el sexo, le encantaba con ella, sí; pero, a qué precio. El círculo de amigos de su novia le caía como patada en el culo y la música que escuchaban era lo más insoportable. Britney, Christina, Jennifer y Thalía sonaban intercaladas con cumbia y salsa en el lugarsucho al que asistían cada Sábado. Julia y sus compañeros de la facultad bailaban y gritaban, se contoneaban chabacanamente mientras él tenía que sentarse en un incómodo banco, aceptar una Sol tibia y gritar para pedirla. Luego, su novia se meneaba impúdica, impulsiva en cualquier rincón y no faltaba el cabrón que se agasajara aprovechando el baile. A Julio le reventaban los huevos de coraje y era común que terminara las madrugadas empujándola a su casa gritando y maldiciendo el lugar, a los estúpidos que concurrían y la música que escuchaban. En especial la música. “...Me cago en estos pinches lugares y me cago en su música... buitres hijos de su puta madre!!!...” remataba siempre al final la letanía. Julia cerraba entonces la puerta del cancelito al principio del pasillo y decía incomoda “bueno, ya me voy para que no se te pegue lo naco...” Luego caminaba unos pasitos hasta que Julio le pedía que regresara. Triste se daba la vuelta y se acercaba con la cabeza encogida, como niña regañada. Julio pasaba los brazos por entre los barrotes, la tomaba de la cintura y la acercaba a él, mediando la herrería negra de un metro y medio de alto. “Sorry... ¿Me das un beso chiquita...?” Murmuraba dulce, poniendo las palabras en los oídos de ella, que se echaba hacia atrás hasta que la pregunta se triplicaba. Entonces ya se acercaba y le daba un imperceptible besito, lento, rozándole apenas los labios. Esto encendía a Julio, que se aferraba, bajando las manos y sobándole furiosamente el trasero. Así se besaban ruidosamente un par de minutos, luego Julia pasaba sus brazos también por el enrejado, bajaba el cierre a los jeans y metía la mano dentro, apretando. Julio respondía pasando las manos bajo la falda, tirando impetuoso de la pequeña prenda, abriéndose paso hasta encontrar el vértice de las piernas y frotarlo. Pasaban, en consecuencia, largo rato jadeando, enajenados y frenéticos, sin que les preocupara nada. Pasado el acceso se miraban, se besaban tiernamente y prometían hablarse al día siguiente. Julio caminaba entonces veintitrés minutos exactos para llegar a su departamento, feliz.



III




Pero no era solamente el sexo, eran también los celos lo que lo hacían estar siempre donde ella estaba, ir donde ella iba. Julia era bellísima: blanca, mediana, pelo oscuro revuelto, cara redonda, ojos negros grandes y sutilmente alargados. Y su cuerpo era perfecto: sus nalgas pequeñas y redondas se perfilaban arquitectónicas bajo un apretado pantalón de tela café; sus pechos medianos, de pezones negros, francamente soberbios, se revelaban lívidos, como imantados a la blusa blanca que llevaba esa noche, pues nunca usaba brassiere cuando salía “de antro”.


Llevaban tres meses juntos. Se habían conocido en la universidad una tarde que él se había quedado un rato más en la sala de computadoras de la biblioteca y ella luchaba en la máquina contigua para entrar a Internet. Julio le mostró primero cómo se hacía esa “brujería” y terminó realizando la última tarea del primer semestre de la estudiante. Derecho, dijo ella. Él, estudiaba Historia por las mañanas. Sexto semestre. Esa noche, sin más, la acompañó a su casa.


Desde la primera vez que salieron, dos días después de su encuentro, se habían acoplado perfectamente. Al final de esa primera cita, en el oscuro y discreto pasillo que conducía a la puerta de la casa de Julia, aventurándose, Julio le había pellizcado salvaje el trasero, y ella había contestado apretándole el miembro hasta el dolor, para luego correr juguetona y desaparecer tras la puerta. Así las cosas, al siguiente día Julio la llevó a su departamento y lo hicieron por primera vez, mordiéndose y chupándose hasta el hartazgo.



IV



Ella era el arquetipo de la tapatía perfecta: bella, exquisita y caliente. Hasta se llamaba igual que él. Y no estaba dispuesto a compartirla. Por eso la seguía a donde fuera y la alejaba de cualquier galán que se aplicaba. Sólo había un detalle: tenían gustos bastante diferentes, en música especialmente, pues Julio tenía una apreciación particular de ésta. Leonard Cohen era su ídolo. David Bowie, Elvis Costello, Peter Murphy, Iggy Pop, Thelonius Monk, Frank Zappa, entre otras celebridades aún más underground y oscuras, abarrotaban el estante de los discos en su salita. Por su parte, Julia era fanática de Intocable. Le encantaba la música norteña y toda la música bailable. La colección entera de Antro-mix se experimentaba por las mañanas en su domicilio. Y los fines de semana eran de bailar en videobares y discos del Centro con los compañeros de su salón. “Al menos no le gusta la banda” se consolaba él de vez en cuando. Julio prefería los bares tranquilos donde tomar cerveza y escuchar música. Le agradaba sobre todo el bar en altos del cruce de la calle Juan Manuel y avenida Alcalde, la XX Ámbar y los cacahuates con cáscara. Le castraban los lugares donde tenía que levantar la voz para ser escuchado y los evitaba a toda costa. Aborrecía la botana de churritos y la cerveza Sol y gozaba los viernes de reunión en su departamento con otros estudiantes del campus. Filosofía, Letras y Geografía, especialmente. Se drogaban y bebían. Teorizaban y discernían.


Así las cosas, al principio el contacto había sido sólo físico, nada profundo, mucho menos espiritual. Pero era imposible que las cosas permanecieran así por siempre. Poco a poco, como suceden siempre estas cosas, Julio había intentado introducirla en su mundo artístico e intelectual y Julia a su vez lo persuadió un par de veces para entrar en algún restaurante-bar y bailar algún tema de Celia Cruz o El General. Nada servía. Si escuchaban a Robert Plant en la salita del departamento de Julio, Kashmir sonaba algún minuto y medio hasta que él apagaba el estereo, a petición de la chica, y apresurado regresaba al sillón, donde ella jadeaba medio desnuda ya y completamente despeinada. Si, por otro lado, se ponían a bailar cumbia en la casa de ella, los ceñidos pasos ayudaban sólo a calentar el momento y él apagaba el artefacto para luego derribarla en el sofá y cachondear. En algún saloncito intentaron también lo del baile, pero a los primeros pisotones se dieron por vencidos y regresaron a la barra; ella, frustrada por el fracaso; él, aliviado de que ningún conocido frecuentara el lugar.

Así alcanzaban esa noche después de doce largas semanas de música y sexo. Él, taladrando en su ambiente subterráneo y erudito, ella, asaltando ‘Discotecas Aguilar’. El único punto en el que coincidían era el sexual. Les gustaba lo mismo y por eso estaban contentos de haberse conocido.




V



Por esto, Julio dejó de asistir a los cafés y a las cantinas a beber con sus amigos, pues Julia se negaba siempre a acompañarlo y él no quería dejarla sola ni un momento. En consecuencia, se moría de aburrimiento y hastío los fines de semana, cuando iban a “bailar”, sin contar los ataques de rabia que sufría casi siempre.


Ambos ignoraban el efecto que esa mezcla habría de surtir en la relación. Ya habían empezado mal las cosas esa tarde cuando Julia se atrevió a quitar al maestro Cohen e introducir a los fanfarrones esos, que no sabían ni hablar, en sus dominios. Con todo, Julio soportó estoico. La promesa de pasar por primera vez juntos una noche completa le mantenía en pie, le motivaba a seguir pasara lo que pasara. Ya había incluso hecho algunos arreglos. Tenía en la alacena dos botellas de vino tinto, bastante caras; había cambiado las sábanas de la cama y comprado una pastilla de olor para el baño, incluso había barrido y trapeado el lugarcito por primera vez en ese mes. Sólo debía soportar una noche más.


“Una cumbiada más...” se decía en silencio mientras terminaba de amarrarse el pelo en una colita y se miraba triunfal en el espejo “...y ya chingaste... toda la noche”. Inesperadamente, ahora Yuri increpaba con voz melodramática en la sala“...Para enamorarme más aun ahora... pasa ligera, la maldita primavera, pasa ligera y me hace daño solo a miiiii...”. Julia trepó el sonido al máximo, treinta y dos.
-Qué cabrones es eso Julia?... no manches –salió Julio del baño apuntando al estereo –bájale morra, de menos que no te escuchen en Tijuana.
–Ay, cálmate agüelito y éntrale a la onda –contestó despreocupada – La Yuri canta chido.
-No me chingues... ¿esa pinche jedionda?. Eso no es música. Elis Regina si sabía cantar y no andaba de mamona cristiana. Esas se dan una cuarta más abajo del ombligo –puntualizó decidido y bajó al número siete el volumen.
–No seas culey chiquirris, no le bajes –apeló su chica avanzando hacia él, abrazándolo sugestiva, muy pegadita –y nos quedamos un ratito, ¿eh?.
Julio tuvo que hacer suma de todas sus fuerzas para no ceder, tenía ya una erección y le encantaba cómo se le repegaba la chica, oscilando, frotándose despacito, turbándolo, mirándolo suplicante hacia arriba; pero no iba a soportar los berridos de la guarra esa.
–No chiquita, además ya tenemos que irnos, te van a estar esperando, y tenemos que regresar temprano... ¿sí te acuerdas, verdad?
–Ay!... que prisas!. Sí, sí me acuerdo, pero no estoy todo el día pensando en eso. Tú nomás quieres estar en eso.
–¿Y tú no? -encaró valiente Julio.
–Pus sí... pero primero hay que ir a bailar. Vámonos pues... –concluyó a continuación, un tanto desconsolada y seria –...apaga el estéreo.

Julio se separó suavemente, apagó la luz y presionó POWER para regresar enseguida con ella. Yuri calló su dolor y una lucecita roja parpadeó en la esquina superior izquierda del aparato. Bajo la penumbra y el silencio pasaron aun un par de minutos toqueteándose antes de lanzarse definitivamente a la noche que la ciudad ofrecía frívola y descarada. Dentro, un obsceno STAND BY esperaba ahora el último son.


MIGUEL ANGEL LEOS AGUILAR

Friday, October 13, 2006

...gota a gota la nada condensa el gris y derrama el vacío...


córtame
en
pedacitos
cuadritos
o
tiritas


ponme
como
aderezo
condimento
o
guarnición


sírveme
caliente
o
frío


sal
y
pimienta
al
gusto


pero
cómeme
amor
mío

cómeme
corazón
*
hoy
que los gusanos
ya acabaron
con tu carne
me doy cuenta
de lo hermosos
que son tus huesos
*
nadie sabe todavía
dónde estamos

continuemos gozándonos
mientras ellos
siguen
tocando puertas
en tumbas equivocadas
*
miles de luciérnagas apagadas
y cientos de perros callados
logran a-penas
penetrar
la soledad de un hombre
*
soy tan cursi para amarte
que me crecen flores en el sexo
*
la mañana es una mujer húmeda
abre translucida las piernas
y nazco de forma natural

Monday, October 02, 2006

I'm your man... (I really am)

mi sueño amarillo... duna... para ti...


If you want a lover
I'll do anything you ask me to
And if you want another kind of love I'll wear a mask for you
If you want a partner Take my hand
Or if you want to strike me down in anger
Here I stand
I'm your man
If you want a boxer
I will step into the ring for you
And if you want a doctor I'll examine every inch of you
If you want a driver Climb inside
Or if you want to take me for a ride
You know you can I'm your man

Ah, the moon's too bright
The chain's too tight
The beast won't go to sleep
I've been running through these promises to you
That I made and I could not keep
Ah but a man never got a woman back
Not by begging on his knees
Or I'd crawl to you baby
And I'd fall at your feet
And I'd howl at your beauty Like a dog in heat
And I'd claw at your heart
And I'd tear at your sheet I'd say please, please
I'm your man

And if you've got to sleep
A moment on the road
I will steer for you
And if you want to work the street alone
I'll disappear for you I
f you want a father for your child
Or only want to walk with me a while
Across the sand
I'm your man

If you want a lover
I'll do anything you ask me to
And if you want another kind of love
I'll wear a mask for you

Sunday, October 01, 2006

...de la risa despues de la muerte...

...ahora un cuento, esperando, en el mejor de los casos, que les cause algo de gracia...





El Duelo





“El muerto se reía. Dentro del cajón, en el centro de la sala: cuatro cirios flanqueándolo, rodeado de flores y veladoras y se reía. Pasaban de cuando en cuando a echarle una mirada, seria o dolorosa, murmurándole bendiciones y adioses y se reía. Tenia el gris sereno de los que mueren tranquilos, las manos cruzadas sobre el pecho, el rostro inexpresivo de todos los muertos; pero era innegable, se reía. No parecía molestarle siquiera tener los labios cocidos por dentro, la suya era una carcajada sostenida y resistente que inundaba el lugar desde todas partes y se propagaba de oído en oído, de piel en piel. Y todos escuchaban, estoy seguro, pero nadie decía nada”.




“Me acuerdo bien. Cuando entré, me dio coraje que alguien se estuviera riendo, pero busqué y nadie movía la boca, digo, para reírse. Luego me di cuenta de dónde salía el carcajeo y que todos lo escuchaban, ¿por qué?, porque yo les echaba miradas como de enojado y todos se hacían los desentendidos, como si nada pasara, pero ya sabes que cuando te haces el interfecto –sin agraviar al presente- la gente se da cuenta de que algo pasa ¿no?, pues así aquí. Nadie atinaba a decir nada, mucho menos yo que era un desconocido y apenas lo había tratado muy poco. Más bien, trataba de actuar de acuerdo a la situación, conmovido, grave, hasta dolido. Como sea, lo que sí es que todos trataban de permanecer serios y eso los delataba. Incluso su madre -supe que era su madre porque unos jóvenes le dieron el pésame- estuvo a punto de acercarse al cajón y reprenderlo -yo la vi-, pero se quedo hincada como a un metro, respondiendo automáticamente “ruega por él y por nosotros” a las oraciones que una anciana con velo negro de encajes dirigía monótonamente. Todos contestaban tratando de levantar la voz lo suficiente para no escuchar al difunto, hasta yo. Y es que ni siquiera en el baño te salvabas de la risa burlona que te entraba hasta por los poros y se te quedaba, contagiándote. Parecía de película la cosa, si alguien te volteaba a ver, rápidamente volvía los ojos a cualquier otro lugar, de preferencia al techo, porque se le alargaban los labios de las ganas que le daban de reírse. Tan así estuvo, que no terminaron de rezarle completo. La gente, ya desesperada, volteaba la cara. Algunos –ya dije- miraban al techo y los que de plano ya no aguantaban bajaban la cabeza y se encaminaban a las bancas afuera de la sala, a fumar o a contar cualquier chiste para tener un pretexto para reírse. Fue tan poca la gente que aguantó, que mejor le cortaron. Las mujeres que mas rezaban se miraron rápidamente y asintieron, advirtiendo también la risa en sus caras. La misa y el camino al panteón fueron todo un espectáculo. El Padre fue quien empezó todo, bueno, el primero fue el que estaba en la caja, pero con el Padre este inicio la función”.


“Después, o mejor dicho, al llevar el cajón al templo, la gente descansó un poquito de la risa y pudo llegar más calmada a la ceremonia de cuerpo presente. Las salas de velación estaban al lado de la Iglesia, así que fueron sólo un par de minutos. Solidarios, todos asistieron. Como si nada pasara, se sentaron muy calladitos. Yo también. Al ver entrar a los cuatro hombres y escuchar la caja de risa que cargaban, el bulto de carcajadas arteras y brozas que sonaba sobre la pulcritud del recinto, el Padre, pasmado, recibió al comité con incienso, agua bendita y los rezos pertinentes, luego volteó a las bancas de uno y otro lado, desconcertado e inquisitivo. Al no obtener respuesta hizo lo que todos, recobró la compostura y caminó al altar, tratando de ignorar aquel jocoso sonido, pero fue en vano, un alegre “Ave Maria Purísima” salió de su boca, imperceptible para algunos, innegable para otros; yo estaba bien atento y sí lo escuche. La misa marchó a paso largo desde ahí. El hombre de la sotana se esforzaba por permanecer solemne al dar la oración de entrada frente a los dolientes, que se animaban mientras escuchaban reír al cuerpo, contagiándose irremediablemente. Al llegar el momento de las lecturas, el Padre descansó un poco escondiéndose detrás de un gran ramo de flores, ya no sabía quien se reía más, si el del cajón o él. De veras era contagiosa esa risa. Yo ya estaba para reventar, aguantándome las ganas, mientras un par de personas se levantaron para ir a leer con adivinada diversión en sus rostros. Incluso la mujer a cargo de la segunda lectura tuvo que detenerse un poco debido a la risita que le broto atrevida mientras leía algo de un viaje y un lugar mejor, luego tomó aire y continuó. Un murmullo divertido interrumpió varios segundos aquella singular misa. Claramente divertido, el Padre regresó al frente para intentar proseguir. La indiscutible complicidad de éste hizo entonces que todos nos miráramos, aceptando lo que sucedía. Ya no hubo desde ahí, ninguna duda. Alguien dijo “se está riendo”, y “sí, desde la velación que yo lo escuché”, le contestaron. Así, todos empezamos a comentar la risa que nos hubiera puesto en tan extraordinarias circunstancias. Una carcajada además de la ya conocida de nuestro muerto agrandó la oleada: el Padre se reía a grito abierto. La señora del velo negro lo siguió y luego la madre, los hermanos y la novia, los amigos, conocidos y desconocidos. En un minuto todos en la Iglesia nos reíamos descarados. La ceremonia se convirtió entonces en una celebración. Al final, el Padre dio la bendición con una mano en el estómago y las lágrimas a punto de brotarle, de la risa, claro”.


“A carcajada abierta salimos de la Iglesia. Seis hombres cargaban el hilarante cuerpo, gritando y chiflando, como si llevaran en sus hombros al goleador después de ganar el campeonato. La carroza fúnebre y los camiones esperaban a la ruidosa comitiva que salía por la puerta principal. Ya no era sólo la risa: gritos, silbidos y algunas improvisadas porras, guiadas por el sacerdote, agitaban además la mañana que, fuera de lo que nos sucedía, era normal hasta entonces. La gente que se amontonaba incrédula y nos veía se infectaba también rápidamente y nos alentaba con vivas, bravos y hurras. Así partió el cortejo. La carroza primero, con un chirrido de llantas, luego el camión, con los deudos destornillándose de risa, gritando y cantando. No sé de donde, pero hasta una matraca se habían conseguido y ya tronaba escandalosa unas cuadras adelante. Los que veníamos en auto nos enfilamos detrás de la carroza y el camión y avanzamos, pitando y con la música a todo volumen. En un alto que nos detuvo, bajaron tres muchachos de una de las camionetas, entraron en una tienda y antes de la luz verde salieron con una caja de cerveza cada uno, baje mi ventana, les grité y me regalaron una. Veinte minutos después, la carroza con el camión y los carros detrás llegaba a toda velocidad al panteón. Una bulla entraba atropellada al recinto tras el ataúd, que se había reducido a lo menos ruidoso; aunque seguía carcajeándose. Se tenía uno que poner a un lado para escucharlo, ahí iba yo. Y faltaba más todavía, en el lugar preparado para el entierro ya esperaba una banda terminando de afinar. La música comenzó cuando la comitiva se aproximaba silbando y cantando por el pasillo principal. Una verbena popular, todos bailaban y bebían, las mujeres, los hombres y el Padre; los niños se trepaban y brincaban sobre las tumbas. Varias horas se demoró el festejo hasta que finalmente el ataúd fue colocado en el hoyo abierto, entre aplausos y chiquitibuns. Después nos retiramos, algunos todavía bulliciosos, otros borrachos y cansados, pero todos contentos y satisfechos por el espectáculo que habíamos hecho del entierro.”


“Ese fue el último funeral al que asistí, hasta esta noche. Así que no me sorprende nada que el fallecido esté llorando, no me da pena comentarlo abiertamente y no tengo ningún miedo que me tachen de loco”.